Noche de verano. Sus sentidos estaban atenuados, pero aquella joven aún escuchaba a la perfección. Se sumía en la tranquilidad que emanaba la música clásica. Aquellas notas que Chopin, artista de turno, brindaba para adornar aquella sala, eran más que suspensivas de ese dolor, evidente y cercano, que era estar cerca a la muerte anunciada.
En sus fantasías alimentadas por las notas acompasadas, ella era la más feliz de todas. Reía, corría, bailaba y hasta podía volar. Efecto sólo comparable al de un estimulante opioide, que por largos momentos la hacia olvidar su terrible realidad.
Ella estaba totalmente condenada, marcada y sentenciada. Sufría de una enfermedad degenerativa, de esas que no dejan chance ni mucho menos oportunidad de recuperación. Toda la vigorosidad de juventud suya, fue absorbida por este padecimiento, al borde de no brindarle energías ni para caminar.
Aquella luminosidad de capullo recién florecido fue opacado por la neblina negra de la desesperanza, de la desesperación de la familia y muchísimo más de ella misma. “No quiero vivir”, dijo en algún momento sin que nadie pudiese ofrecer resistencia. Y es que era totalmente válido. Existen cicatrices que a pesar de que se curan, quedan fibrosas, más engrosadas de lo que deberían quedar. Pero en el caso de esta flor mustia, era una herida abierta, riesgosa y latente.
La decepción era inmensa. El querer y no querer partir debe ser el peor sentimiento de este mundo. Palabras como “¿Por que a mi?” son ciertamente comunes y predecibles. El dolor era insoportable. Teniendo como primera causa que los dos dolores se juntaban: El dolor del cuerpo y el dolor del alma. El dolor del cuerpo era impactante al ojo ajeno. Gritos desmesurados y llanto en cadena. Era la etapa agonizante. El dolor del alma, ese casi indescriptible pero punzante. La ansiedad, la negación, la aceptación y luego la resignación. Menudo proceso que la muerte suele encaminar.
Su agonía estuvo adornada entonces con las melodías del violín, piano y cello. La respiración agitada empezaba a desentonar con las notas, hasta que ella misma lo sugirió, a modo de delirio: “El ave..María”, pronunciaba con un estertor premonitorio del desenlace final.
Su deseo fue cumplido. Las notas del Ave María encandilaban la habitación inundada por aires fúnebres, dando la tranquilidad que la flor necesitaba. Aquella paz interior que le permitiría partir con el placer de oírla por ultima vez. Una leve sonrisa se dibujó en el rostro ictérico, agradecida del gesto premortem.
Cada vez que aparece ante mis oídos la melodía de aquel “Ave María”, puedo decir firmemente que lo quiero el día de mi muerte.
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