Ella se encontraba sentada en el borde de la ventana de su habitación, mirando a la luna que apenas se apreciaba en el cielo. Él ya no estaba con ella. Se había ido. Era un idilio secreto, escondido del conocimiento de la sociedad que ambos compartían. Miraba a la luna pensando que talvez él también la estaba mirando, aunque sea un momento en la que participaban los do
s. Pero la seguridad no era absoluta, a lo mejor no existía la respuesta que esperaba.
Todos los días acudía al lugar secreto. Aquel lugar físico camuflado en la cual ambos podían soltar e irradiar su amor. Ese sitio, tan querido para ambos. Ese sitial en la que se vieron por primera vez. “¿Que haces aquí?”, fue la primera frase que él pronunció sorprendido ante esa extraña pero agradable presencia. “Creo que lo mismo que tú, busco tranquilidad”, respondió ella desafiante pero sutil. Ese intercambio de palabras frías dio comienzo a un amor puro, de esos que no se sienten así no más. Aunque ellos ya se habían visto, nunca se hablaron y mucho menos sabían sus respectivos nombres. Desde aquel momento, ambos ansiaban el termino de la obligación diaria, para encontrarse en aquel mágico lugar que era de los dos. Dado que al principio fue la sensación de placer que sentían al hablar, al compartir sus ideas, al interactuar inocentemente; posteriormente comenzaron a quererse románticamente.
Era una reacción involuntaria ir hacia ese lugar verde, suyo e intimo, en la que se decían querer, en la que se sumergían fantasiosamente en las marañas peligrosas de un amor profundo pero secreto. Nunca quisieron publicar el natural sentimiento que ambos compartían. Pero esa confidencialidad también formaba parte de la fantasía, ya que muchas veces ella quería gritarlo, pero nunca lo hizo. Curiosamente para no eliminar ese toque adictivo de almíbar.
Entonces, ¿que pasó? Él no podía verla más. Se iba demasiado lejos. “Te quiero demasiado, si sientes lo mismo por mí, espérame”, son las palabras que él le dijo, y que ahora resuenan en la memoria de la joven enamorada. Ella muchas veces, maldecía la distancia que había entre los dos, pero a pesar de eso, nunca dejó de ir al lugar secreto, que ahora le servía como sitio propicio para descargar su pena y llorar sin que nadie la viera.
Su vida continúa, pero aquel sentimiento no la deja seguir ese rubro de la vida. ¿Cuánto piensa esperar? Sólo ella lo sabe. Estaba ahora sentada en el pavimento verde del lugar secreto, aquel que solo ambos conocen, pensando el porque de su dominio emocional. “Te amo, por eso te esperaré” se oyó levemente pronunciar. Ahora con los ojos levemente inundados, con voz algo entrecortada, volvió a a pronunciar: “Rechazo al que me quiere dar todo para que sea feliz, pero al hombre que talvez nunca veré, deseo entregarle mi corazón, mi alma y mi amor”.
Palabras que rebotan, delatantes en aquel secreto lugar, testigo de ese peligroso amor hiriente y riesgoso, pero que solo ellos conocen. Mirando al cielo, el deseo del encuentro esperado en el escondite del querer, ese “El que sólo nosotros conocemos”.
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