Debo admitir que en esta temporada me siento genial. El calor, la brisa y la playa han sido el mejor remedio para mi enfermedad latente. No he tenido ninguna recaída, casi milagrosa según los expertos. No me interesa pensar en los porqué. Adoro este momento de mi vida, tal vez irrepetible y única en toda mi existencia. Hoy mientras hacía la s compras en el supermercado, me di cuenta lo mucho que he cambiado y lo que he avanzado todo este tiempo. Dejé de ser la niña mimada y protegida, para ser la rebelde y antisocial. La enfermería y la universidad me cambiaron, ahora soy la joven que disfruta de su poca vida y realiza lo que más quiere.
Pero un pequeño detalle, no estoy del todo libre. La sangre no me responde, es pálida y deficiente. Un pequeño y gran obstáculo a la vez, que en algún momento logró detenerme, aunque en estos momentos y sin muchas razones que lo avalen, me está dando una tregua. Sería tonta si no la aprovecho. Esta tregua me deja disfrutar de la brisa que ahora acaricia mi rostro, a sonreír más de la cuenta y a escribir notillas en mi blog de turno.
Sin embargo, todo esto tiene un precio: La soledad. Estoy completamente sola en este mundo. Tan sola que a veces da miedo. ¿Buscar compañía? Lo he pensado. Pero no tiene sentido buscar sin deseo ni ganas. Espero que el que ostenta ser mi compañía lo comprenda y lo asimile. Pero sobretodo, que acepte mi soledad, porque siempre estará presente. Sólo espera y tal vez me decida a entregarte mi soledad y mi sangre pálida y maltrecha. Déjame disfrutar de este momento feliz y pues mañana será otro día.
tenistas, entre otros, ahora se vislumbra una alegría y libertad que no se observa en verano.