jueves, 22 de julio de 2010

Utopía rota, realidad necesaria

Volaba sobre el umbral autofabricado de una utopía idealizada. Una droga delirante y silenciosamente adictiva. Sin darme cuenta, la dosis fue excediendo los parámetros permitidos. Una pseudo dependencia creada por un ente profundo que nunca suele emigrar, que apareció  en un momento donde mi racionalidad se hallaba al descubierto, tan vulnerable a cambiar de dirección.

Este efecto alucinógeno e ilusionador duró mucho más del tiempo esperado. Tanto, que mis receptores fueron sobornados, dejándome saturar demasiado, llegando a la intoxicación por exceso. Síntomas notorios de esta anafilaxia no pedida, amevinorotoritaban preocupación.

Aquella racionalidad que me conectaba con el espacio físico de la realidad se fue desvaneciendo hasta no dejar rastro, dando como consecuencia, pensamientos a futuro, graciosamente posibles. Situación completamente opuesta a mi forma natural, donde el futuro sólo es una palabra que en cualquier momento el viento sabrá llevar.

No me había dado cuenta, hasta ahora, del rango que estaba alcanzando. El encuentro con la realidad olvidada fue un impacto con dolor súbito e imponente, como un alfiler incrustando la burbuja que me permitía volar, sin salvaguardar lo que llevaba dentro. Así de sorpresivo y sin ninguna clase de consideración. De ninguna, debo resaltar.

A pesar de lo acontecido, creo firmemente que fue lo mejor. Esta forma estallante e infiltrante marcó lo suficiente para evitar una recaída. La dureza del impacto me ha permitido despertar, y burlarme irónicamente de la escena que había creado. Es como el renacimiento de una racionalidad mejorada y complementada con la experiencia adquirida.

Había olvidado la esencia de mi carácter, disfrazándome de lo que siempre odié. Ahora he marcado un hito, con vuelta de página incluida, donde la regresión no tiene lugar. Puede ser que aun me afecte, no lo niego; pero el mejor tranquilizante es volver a la vida que me caracterizaba, simplemente volver a ser yo.

sábado, 3 de julio de 2010

Batalla contra el tiempo

Las manijas del reloj continúan su paso. Esta opresión en mi pecho, premonitoria de lo inevitable, está presentándose. En mi balcón, miro el cielo pensando en como el tiempo me gana la batalla. Ciertamente, ni siquiera puedo elaborar esas comunes listas de lo último que haré. El viento frío acaricia mi rostro, siento que el límite esta cerca, poco a poco, de manera cobarde talvez, dando por sentado que lo di todo. Absolutamente nadie puede decir lo contrario.

Estas ganas de vivir se me están escapando poco a poco, resignándome al resultado esperado, sin luz ni salida. Quise seguir el rumbo de lo difícil, pero mi cuerpo me dice que ya no más. No tengo necesidad de amarrarme a este físico mundo, ni mucho menos de volver si me estoy alejando.

Este día se agota, y mi presencia también. Una incertidumbre insana se apodera de mí. No es miedo, claro que no. Impotencia de verme encerrada en este molde natural, donde mis fuerzas están presentes pero no pueden salir. La crisis de lo esperado llega lentamente y eso es lo que inquieta, lo que arde.

En el cercado de una cuenta regresiva, su ruido impaciente exaspera mi tranquilidad. Me exacerba la espera innecesaria, donde la máquina del pensar me abruma y empieza a desesperar. ¿Por qué no me llevas de una vez? Menuda pregunta sin respuesta aparente, en medio de esta soledad provocada por la burbuja de este estigma heredado.

Recuerdo mis pasos recorridos y perdidos, resaltando las acciones que no pude realizar, mucho menos ahora que mi tiempo se acaba sonante en este cronómetro de la vida efímera que me eligió para saciar la necesidad de latencia permanente. A veces, no puedo creer lo ilusa que he sido al pensar que mi regalo sería duradero. Mis visiones de la vida no son más que utopías en un mundo perfecto.

Me siento perdida en este lugar, donde la lluvia empieza a caer. Mi espíritu nada ambiguo entre la lucha y la resignación total. Ninguna mano puede tomarme en este momento, quiero soltar lo que me ata a esta guerra constante contra el destino. Aunque pise fuerte, las huellas que dejaré serán como pisadas en la arena, borradas por el agua nueva que las cubre.

Lentamente estoy desvaneciendo, delirante y con este dolor sin analgesia alguna, mis lagrimas silenciosas evidencian mis ganas de gritar con la boca cerrada, me queda la racionalidad moldeada que trata de buscar esa paz interior necesaria para enfrentar hidalgamente lo que está escrito, como volando subliminalmente en aquellos momentos que me hicieron feliz, para recibir con una sonrisa traicionera esta sentencia que me fue dada.