Volaba sobre el umbral autofabricado de una utopía idealizada. Una droga delirante y silenciosamente adictiva. Sin darme cuenta, la dosis fue excediendo los parámetros permitidos. Una pseudo dependencia creada por un ente profundo que nunca suele emigrar, que apareció en un momento donde mi racionalidad se hallaba al descubierto, tan vulnerable a cambiar de dirección.
Este efecto alucinógeno e ilusionador duró mucho más del tiempo esperado. Tanto, que mis receptores fueron sobornados, dejándome saturar demasiado, llegando a la intoxicación por exceso. Síntomas notorios de esta anafilaxia no pedida, ameritaban preocupación.
Aquella racionalidad que me conectaba con el espacio físico de la realidad se fue desvaneciendo hasta no dejar rastro, dando como consecuencia, pensamientos a futuro, graciosamente posibles. Situación completamente opuesta a mi forma natural, donde el futuro sólo es una palabra que en cualquier momento el viento sabrá llevar.
No me había dado cuenta, hasta ahora, del rango que estaba alcanzando. El encuentro con la realidad olvidada fue un impacto con dolor súbito e imponente, como un alfiler incrustando la burbuja que me permitía volar, sin salvaguardar lo que llevaba dentro. Así de sorpresivo y sin ninguna clase de consideración. De ninguna, debo resaltar.
A pesar de lo acontecido, creo firmemente que fue lo mejor. Esta forma estallante e infiltrante marcó lo suficiente para evitar una recaída. La dureza del impacto me ha permitido despertar, y burlarme irónicamente de la escena que había creado. Es como el renacimiento de una racionalidad mejorada y complementada con la experiencia adquirida.
Había olvidado la esencia de mi carácter, disfrazándome de lo que siempre odié. Ahora he marcado un hito, con vuelta de página incluida, donde la regresión no tiene lugar. Puede ser que aun me afecte, no lo niego; pero el mejor tranquilizante es volver a la vida que me caracterizaba, simplemente volver a ser yo.
Esta opresión en mi pecho, premonitoria de lo inevitable, está presentándose. En mi balcón, miro el cielo pensando en como el tiempo me gana la batalla. Ciertamente, ni siquiera puedo elaborar esas comunes listas de lo último que haré. El viento frío acaricia mi rostro, siento que el límite esta cerca, poco a poco, de manera cobarde talvez, dando por sentado que lo di todo. Absolutamente nadie puede decir lo contrario.