Las manijas del reloj continúan su paso.
Esta opresión en mi pecho, premonitoria de lo inevitable, está presentándose. En mi balcón, miro el cielo pensando en como el tiempo me gana la batalla. Ciertamente, ni siquiera puedo elaborar esas comunes listas de lo último que haré. El viento frío acaricia mi rostro, siento que el límite esta cerca, poco a poco, de manera cobarde talvez, dando por sentado que lo di todo. Absolutamente nadie puede decir lo contrario.
Estas ganas de vivir se me están escapando poco a poco, resignándome al resultado esperado, sin luz ni salida. Quise seguir el rumbo de lo difícil, pero mi cuerpo me dice que ya no más. No tengo necesidad de amarrarme a este físico mundo, ni mucho menos de volver si me estoy alejando.
Este día se agota, y mi presencia también. Una incertidumbre insana se apodera de mí. No es miedo, claro que no. Impotencia de verme encerrada en este molde natural, donde mis fuerzas están presentes pero no pueden salir. La crisis de lo esperado llega lentamente y eso es lo que inquieta, lo que arde.
En el cercado de una cuenta regresiva, su ruido impaciente exaspera mi tranquilidad. Me exacerba la espera innecesaria, donde la máquina del pensar me abruma y empieza a desesperar. ¿Por qué no me llevas de una vez? Menuda pregunta sin respuesta aparente, en medio de esta soledad provocada por la burbuja de este estigma heredado.
Recuerdo mis pasos recorridos y perdidos, resaltando las acciones que no pude realizar, mucho menos ahora que mi tiempo se acaba sonante en este cronómetro de la vida efímera que me eligió para saciar la necesidad de latencia permanente. A veces, no puedo creer lo ilusa que he sido al pensar que mi regalo sería duradero. Mis visiones de la vida no son más que utopías en un mundo perfecto.
Me siento perdida en este lugar, donde la lluvia empieza a caer. Mi espíritu nada ambiguo entre la lucha y la resignación total. Ninguna mano puede tomarme en este momento, quiero soltar lo que me ata a esta guerra constante contra el destino. Aunque pise fuerte, las huellas que dejaré serán como pisadas en la arena, borradas por el agua nueva que las cubre.
Lentamente estoy desvaneciendo, delirante y con este dolor sin analgesia alguna, mis lagrimas silenciosas evidencian mis ganas de gritar con la boca cerrada, me queda la racionalidad moldeada que trata de buscar esa paz interior necesaria para enfrentar hidalgamente lo que está escrito, como volando subliminalmente en aquellos momentos que me hicieron feliz, para recibir con una sonrisa traicionera esta sentencia que me fue dada.
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