Y la función empieza. Esta destreza la realizo con mucha frecuencia. Debo sonreír naturalmente, las personas que esperan el acto que daré, no deben notar mi nerviosismo. Las notas acompasadas que acompañan mi presentación están sonando. Mi cuerpo se mueve por inercia al ritmo de la melodía.
Recuerdos vienen a mi mente. Raíces, que siempre tendré presente cuando salgo al escenario. Suspiros, que incitan la tranquilidad necesaria para el siguiente paso. Aquel giro con la seda indica el comienzo del riesgo latente. Frescura, es lo que esta vez debo expresar, movimientos ligeros inician la travesía hasta una meta lejana.
Piso la primera parte de la cuerda tensa. Todos aplauden. Mi cuerpo tambalea ligeramente. Esa es la emoción. Una reverencia a ese público ansioso, y sigo danzando en esa cuerda mal llamada floja, afrontando mi vida, arriesgando la integridad normativa, pero esa soy yo. Siempre danzante en esa cuerda de mi vida incitante, riesgosa, furtiva y mortal. La música llega a la cumbre deseada. Debo hacer la pirueta asesina. Mis brazos se relajan al compás del violín emanante, mis piernas flexionan, listas y fuertes. Impulso. Siento que vuelo, girando sin parar, esa seda prevista roza mi piel indicándome el fin de la osadía artística.
Resultado positivo, estoy en la parte final de la cuerda. Tengo un día más de vida. Sonrío alegóricamente, respirando tranquila por el éxito obtenido. Reverencia nuevamente a mi público por la atención mostrada. Pero ¿quién puede asegurarme la victoria en la próxima partida? Mi vida cuelga de un péndulo que se romperá próximamente. Sólo me queda seguir con esta rutina, con este espectáculo, con esta existencia que es como una danza de equilibrista.
tu moderno túmulo para fingir reverencia y añoranza. Esta vez no te traigo flores, sólo una rosa espinada, con la que quiero reflejar los sentimientos que han cambiado levemente.
la vida real que llevo fuera, si unos segundos de tu fantasía me acompañan.