A pesar de que vivió siempre en los mismos lineamientos, sus ojos siempre brillaban cuando veía a las niñas pequeñas. Ellas ciertamente au
n eran libres, muchas veces deseaba con todas las fuerzas de su corazón que no crecieran, porque aquella libertad seria opacada.
Los días eran hermosos, asoleados y desbordantes. Pero ella no podía disfrutarlos como cualquier ser de una nación democrática. Su rostro estaba totalmente cubierto por aquel velo que escondía su belleza natural. Su familia, su dinastía y todo lo que la rodeaba se regía según el Islam.
Ser mujer era una vida al servicio y a la sumisión. Su cuerpo mostraba resignación, pero su alma era aventurera. Aunque le estaba prohibido mostrar su rostro en las calles, dentro de casa bailoteaba y cantaba al exterior. Su padre aun no había buscado esposo para ella, así que tenía tiempo para aprender las danzas y los menesteres para ser una buena esposa.
“Es bueno que seas la primera, y mejor si le das el primogénito varón, lo que Allah quiera porque tu destino está escrito”, le decía siempre su padre.
Pasó un tiempo y su “destino” empezaba a cumplirse, se iba a celebrar una reunión donde un pretendiente la conocería para luego desposarla. El padre hizo todo lo posible para que el hombre sea soltero del todo. Al enterarse, la escurridiza dama pensó en que su vida ya estaba redactada, sin remedio más que conocer al hombre al que serviría el resto de su vida.
Al verlo, sintió algo raro dentro de ella. ¿Es que se sentía eso cuando veías a tu impuesto esposo? Su presencia la abrumó, pero aquello no la detenía, quería oír su nombre. Bajó sigilosamente hacia donde el joven se encontraba contactándose con él por medio de los ojos.
En el momento de la celebración, se decidió que ellos se casarían, previo acuerdo del Dote y sin siquiera habérselo preguntado como era la costumbre. Durante ese lapso de espera al día de la boda ni siquiera tuvieron algún cruce de palabras.
Llegó el día de la boda, luego de la fastuosa ceremonia, tenía que cumplirse la noche de bodas. Al verse frente a frente, ella descubrió su rostro para él. Era sin duda, una bella flor. Como mandaba la tradición, ella tenia que bailar para el flamante esposo. De esta forma irradiaba sensualidad y dulzura a la vez, cautivando completamente al marido, e iniciando de la mejor forma el ritual de la primera noche marital.
Todos esperaban ansiosos afuera del aposento, deseosos de observar la prueba de que el matrimonio se había consumado. Hasta que las puertas se abrieron. Se mostraron las sabanas ligeramente contrastadas con la manchas rojas de la veracidad.
Cuando se destinaban a salir a su nueva posada, el esposo mencionó: “No te cubras más, quiero que todo
s vean a la bella flor que tengo a mi lado. Viviremos lejos de aquí, así que no serás cuestionada”. Su felicidad fue extrema, aunque había tenido suerte. Su destino estaba escrito, pero ¿No lo podemos escribir nosotros también?
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