jueves, 24 de septiembre de 2020

El sargento de la comida

La comida siempre fue un problema para mí. Mi madre siempre se complicaba porque nada me gustaba. De niña escogía demasiado y demoraba más de dos horas en terminar el almuerzo. Era delgada, siempre lo fui, pero en la adolescencia, llegan las inseguridades corporales. A los diecisiete empecé con problemas alimenticios y el "me veo gorda" frente al espejo. Cuando empecé a trabajar, bajé de peso hasta llegar al ideal y cuando estudiaba en la universidad era delgada, situación que nunca me incomodó. Recuerdo que hace un par de años atrás empecé a engordar. Comía lo que me gustaba, lo que me hiciera feliz. Asados, dulces, salados, todo lo nuevo por probar. Mi habilidad en la cocina nunca fue buena, razón por la cual me cocinaban o lo compraba preparado, si es que me tocaba cocinar me zurraba en mis tortillas de atún.

El ritmo del trabajo que llevaba en ese momento, no me permitía comer a mis horas y buscaba lo que estaba disponible y por su puesto lo que más me gustara. Engorde de tal forma que subí dos tallas, la ropa ya no me quedaba. Volvieron las inseguridades, no me gustaba mi reflejo, ni como las prendan me entallaban, empecé a provocarme el vomito, si lo mismo que cuando adolescente. Hasta que en el declive de mi abismo, el hambre se me fue. Podía pasar días sin comida ni bebida y ni me inmutaba. Perdí el antojo, perdí el gusto, perdí la emoción por la comida.

Y pues heme aquí en esta mi nueva casa hospitalaria, pensando en que tortura traerán en el desayuno el día de hoy. He bajado 20 kilos y estoy hecha un alfeñique según Clara, pero me sigo viendo gorda. No me convencen ver mis prominencias oseas ni el número que marca la balanza. "Necesitas lentes", me dice Clara, riéndose, tratando de suavizar el trastorno que claramente se esta encendiendo de a poquitos. Es que las nauseas no ayudan, me quiero excusar. Siempre digo que cuando salga a la vida real me comeré una enorme hamburguesa, situación que nunca he cumplido en este ultimo año, entre mis idas y venidas del hospital.

Hoy por la mañana llego la bandeja del desayuno, un enorme tazón de avena sin azúcar. Se me nubló el día. Si bien es cierto no me gustan demasiado los dulces, tampoco tolero algo sin sabor. Le dije a Clara que me trajera un par de chocolates, pero se negó. "Si el médico se entera ya no regreso", me dijo frunciendo el ceño. Entre bromas de esconder comida y echarle sal a la sopa, me doy cuenta que cumplí mi deseo más profundo, pesar como una pluma, ahora bordeo los cuarenta kilos, aunque el médico me diga que debo subir por lo menos cinco porque soy de talla pequeña. Todo se queda en antojo, como si mi subconsciente me pidiera comida a gritos pero mi cuerpo no quiere tolerarlos. La comida de aquí no ayuda mucho a incentivar el apetito, pero no los culpo. ¿Quién paga los platos rotos cuando me viene la sinfonía de nauseas? Clara y la enfermera de turno, definitivamente. 

Quiero volver a sonreír al ver un pastel de chocolate, comerlo sin culpas ni miedos. Ir al cine y comer palomitas de maíz junto con una salchicha llena de mostaza. ¡Como extraño esos días! Una pasta acompañada de un buen vino, es lo que me hace falta. Debo volver a mi realidad y ver que me depara la cena, que será el menú habitual mientras que dure mi estancia en este cuartel llamado hospital.





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