sábado, 19 de septiembre de 2020

Delirios de Hospital

Me desperté y aun era de día. Abrí mis ojos y seguía aquí en este lugar que es mi hogar ahora, el hospital. Me parece irónico pensar que nunca tuve hogar fijo y que ahora considere este centro como mi morada. Y es que aquí he pasado este ultimo año, entre idas y venidas, festividades y días de descanso. Hoy es sábado según el calendario de mi teléfono móvil, aunque aquí solo se diferencia el lunes, porque es el día en que no vienen las misioneras, aquellas mujeres con hábitos que hacen funciones de apoyo y porque no, de psicología. ¿Y porque estoy aquí? Bueno soy una enferma de cáncer, uno de los raros, de esos del que nunca oíste hablar, que te dejo vivir tranquila y que apareció en el peor momento de tu vida, si para hundirte mas en el hoyo de la vida miserable que estabas viviendo.

Soy joven en la estadística de esta enfermedad, en los consultorios veo gente mayor que yo. Suelo ser el punto clásico de las preguntas y también de los estudiantes de Oncología. La enfermedad que tengo debió matarme hace unos meses, pero Dios aun no quiere llevarme. Todos dicen que lucho, pero en realidad no lo hago, si me preguntan, quisiera morir. Porque esto absorbe la poca vida que me queda y cuando se acabe no sabré qué hacer. Estos son pensamientos rumiantes en mi cabeza. Porque simplemente no me muero y listo. Sería demasiado fácil, demasiado simple, pedir cerrar los ojos y no despertar, no sentir ningún dolor son fantasías inocentes. ¡Que palabras tan tristes pronuncio!, no estoy de humor, estoy conectada a esta maquina que me introduce sustancias tóxicas que según los médicos me harán sentir mejor. Ellos saben que no me siento mejor, sino que me siento peor, pero mientras pueda caminar es una buena señal.

Se que leer estas primeras páginas no es nada alentador, pero los días de quimioterapia son grises, aunque las enfermeras hagan todo por hacerlas rosadas y celestes. El simple olor de la medicina es envolvente como el perfume clásico de una señora de ochenta años. Las náuseas te invaden, aunque quieras no puedes comer nada y, sobre todo, las fuerzas te abandonan y te vienen los pensamientos pesimistas. Sin embargo, lo peor de todo es la inevitable soledad. Es mejor para los demás pasar sola este trance, pero para uno mismo no lo es. Aprendí que el sufrimiento debe ser solo tuyo, la compasión debe ser contigo mismo. Sería completamente egoísta arrastrar a alguien en este camino de espinas que es el cáncer.

Mientras pensaba esto me puse a escribir, pues he decidido registrar todo lo que experimente durante mi estancia en este centro hospitalario, lo bueno, lo malo, lo bonito y lo horrible, no pretendo ser modelo de nadie, ni mucho menos un ejemplo a seguir. Soy una persona con mas errores que aciertos y creo que por eso Dios me ha castigado. ¡Que no debo decir esto! Me dicen las hermanas, las que me cuidan como si fuera un bebe, son las madres que nadie pide pero que te brindan su soporte incondicional a pesar de no conocerte. Aunque ellas si me conocen, ya que llevo aquí mas de un año. Conozco a todos los enfermeros, a todos los médicos que pasan por aquí. También conozco a muchos huéspedes como yo. Adultos y niños que no dejan de llorar porque el dolor y el cáncer son universales, no discrimina edades ni clase social.

Hoy es un día como casi todos, me ingresaron hace dieciocho horas para iniciar las sesiones de terapia y observación porque no me estoy sintiendo bien, situación ya común en mi tipo de cáncer. No pude dormir en la madrugada de mi ingreso porque ya sufro de insomnio crónico. Y si por algún motivo logro dormir, no puedo descansar porque mis pesadillas son recurrentes. Mi subconsciente me traiciona, no me deja fingir paz. A las siete de la mañana empieza la ronda de los enfermeros y media hora después la ronda de los médicos. En esos momentos llegan las hermanas para ayudar en el desayuno e iniciar la ronda de oración. Se quedan todo el día, para ayudarte en lo que necesites. Ellas fueron psicólogas para mí, en especial una de ellas, Clara. Quien me regalo un dije de la Virgen María. “Ella siempre te acompañará”, dijo cuando me lo entregó. Imagino que fui un reto para ella pues no creía en Dios completamente. No solo eso, no sonreía, no comía, no lloraba ni hablaba. Era un muro sin alma, que ella bien supo derribar para encontrar a la niña llena de miedos y soledad que yacía detrás. Fue el mejor oído que pude tener, me escucho sin juzgar y me enseño la palabra perdón. El perdonarse a uno mismo porque todas las culpas y los resentimientos empiezan cuando no te compadeces de ti mismo.

Por su puesto que Clara no solo habla conmigo, sino con varios de los pacientes del Piso de Oncología del hospital, todos llenos de fantasmas y de oscuridad, cada uno con su cáncer a cuestas. Prefiero no confraternizar con nadie pues nunca sabes cuando no lo verás de nuevo. Ya sea porque ha sanado o porque ha muerto. El dolor de encariñarte con alguien y que después se vaya es horrible, y si es alguien que amas duele mucho peor que las soluciones pasando por tu vena. Por lo menos ese dolor parará en algún momento, el otro dolor vive en ti por años mitigándose solo si lo tratas correctamente pero nunca deja de doler, es una afectación crónica.

Hablando de dolor ya me conectaron a la bomba de tratamientos, empieza mi sesión. Tengo dos libros pendientes de leer. Se me antojo un pastel de chocolate pero no puedo comerlo. Quiero aprender a cantar, quiero volver a mi vida de hace dos años, quiero retroceder el tiempo y hacerlo mejor. Cuando tienes cáncer, quieres hacerlo todo, y eso es porque no sabes como despertarás mañana.

 

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