
Si eres mujer, alguna vez has pensado en la idea de la fertilidad. Desde niñas siempre se nos encamina hacia la idea de ser madres. Como inicio la muñequita en forma de bebé que recibimos en navidad o en un cumpleaños, y como parte final las clásicas palabras “verás cuando te cases, y tengas tus hijos, alli me comprenderás” . Es entonces cuando nos damos cuenta de aquella función ancestral que nuestro género nos impulsa.
Es notorio decir que a medida que vamos creciendo, estos deseos se acentúan más. Muchas lo ven como algo lejano, pero saben que en algún momento pasará. Hasta muchas de nosotras, lo aplazamos más allá del tiempo establecido.
Pero, ¿qué pasa cuando nunca podrás hacerlo?. Lo que me limite a preguntar, y impactante de la resolución:
- “ La tecnología médica ha avanzado mucho, a lo mejor cuando me decida haya alguna alternativa” – dije.
- “Por tu condición debo decirte, que un embarazo nunca llegaría a término, sólo sería un riesgo para tu vida” – dijo el médico mientras observaba pasivo, talvez acostumbrado a este tipo de reacción.
- “Por tu condición debo decirte, que un embarazo nunca llegaría a término, sólo sería un riesgo para tu vida” – dijo el médico mientras observaba pasivo, talvez acostumbrado a este tipo de reacción.
Siempre supe desde que me diagnosticaron años atrás que todo sería diferente del resto, soy una mujer enferma. No se me paso por la mente ser madre aún, y aunque estuve cerca del matrimonio, esa idea no estimulaba sentimiento alguno, hasta ahora pienso que le dedico demasiado tiempo a mi vida profesional, sin embargo, pensándolo bien, no habría un pos resultado, ya que mi existencia se verá seriamente reducida.
Pero la negatividad me embarga, mucho más cuando recuerdo el rostro del que pensé sería el hombre con el que compartiría mi escasa vida, cuando le dije que no podía ser madre. Aunque intentáramos inseminaciones, bebes invitro o alguna cosa más. Le dije que de mí nunca podrá salir un hijo, a menos que expusiera mi vida y sin siquiera saber si el producto llegaría a la fase de expulsión.
Me dijo sonriendo que no importaba. Sin embargo, su rostro me decía que sentía dolor, mucho más dolor cuando le mencioné que no compartiríamos dolores reumáticos ni mucho menos canas entre nosotros. A lo mejor le quedaba la esperanza de quedarse con un ser parecido a mi, en el cual nuestras sangres se mezclaban como fruto de nuestro amor. Ya no tenía opción.
El amor entre nosotros se fue desvaneciendo, decidí dejarlo libre. No puedo ser tan egoísta en forzarlo a seguir con este camino de sufrimiento. Es allí cuando me di cuenta del dolor que se me avecinaba. Nunca podré ser madre, pero mi vientre no es tanto el problema. “¿un transplante de vientre?. Que idea más descabellada”, les dije. Luego lo pensé bien y ahora digo: “Claro que dono mi vientre”.
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