domingo, 17 de abril de 2011

Antojos de un arribo

Bajé del avión e inmediatamente se me antojó un trago, olvidándome de forma veloz del vino tomado a bordo minutos atrás. Regresando a mi ciudad después de actividades laborales, no existe nada más placentero que respirar la brisa marina desde el malecón cerca a mi casa o desde aquel restaurante favorito.

Con maletas a cuestas, llegué a “La Rosa”, sin reservación y buscando la mejor vista. Amables ellos, en gracia de toda una vida de consumo (digo la mía, porque desde que tengo uso de razón he ido a “La Rosa”), pude obtener la mesa deseada.

Con una copa de pisco sour (el mejor de Lima, debo decir o al menos para mí), contemplé la vista del mar que tanto extrañe. “¡Oh, donde trabajo no hay mar!”, pensé suspirando y tiritando por el vientillo frío que emanan las aguas, propio de la noche limeña. Beber sola no es un pecado, pero pensar en una copa de whisky es peligroso. Saldé cuentas entonces y retomé el camino a mi hogar.

Tuve la arriesgada idea de ir caminando hacia casa, (total, “La Rosa” no queda tan lejos), pero mis talones discreparon conmigo en el acto. Cogí un taxi y arribé a casa. Entré y todo estaba igual, silencioso y solitario. Todo se encontraba en su sitio, (Carmen, la mucama, no había movido nada), metódico como fue dejado. Soltando mis maletas, ansiosa busqué a mi bebe. Pequeñas patitas resonaban, la había encontrado. Mi princesa fiel, parecía estar bien.

Luego del baño relajante y la indecisión entre vino tinto o café, se me antojó un cigarrillo. Estaba sola en casa, ir al supermercado ameritaba trasladarse en auto. Si fumaba, tenía que ser Nano Kent, otro no. Como no iba a arriesgar mi vida manejando yo, (es una de las pocas cosas que no son para mí), el deseo tuvo que ser suprimido.

Al final decidí tomar una taza de té, porque ya había consumido alcohol por hoy, y si tomaba café, no sería eximagepreso sino latte, situación que regresaba al dilema del cigarrillo. Era tarde ya, todo el mundo (que no se va de “weekend”) debería estar durmiendo. Sin embargo parecía que esta noche, el insomnio me acompañaría, como lo había hecho días atrás. 

Buscando el lado positivo de esta anormalidad, encendí el ordenador y puse música de Bach. Con el teléfono móvil al lado, quise hacer muchas llamadas, pero no era la hora apropiada. “Lo siento gitanita, no cargues a nadie tu insomnio”, pensé. Esperando a que el té, Bach (y el tranquilizante que tomé) realicen su efecto, esto es todo por hoy.

--

1 comentario:

  1. apacible, un texto cotidiano que me transmite calma. me gusto, y grata sorpresa la imagen de kare kano en tu perfil. saludos.
    p.d: te invito a visitar mi blog

    ResponderEliminar